Nostromo
Nostromo Esa figura siguió descendiendo en serpenteante curso por la escarpada superficie de la roca, a modo de insecto que vaga a la aventura. Pero se la veía acercarse constantemente, y, ya cerca del pie de la montaña, desapareció al fin tras los tejados de los almacenes, forjas y talleres. Por algún tiempo los serenos pasearon yendo y viniendo por delante del puente, donde habían dado el alto a un jinete que traía un gran sobre blanco en la mano. A poco, don Pepe, saliendo de entre las casas por la calle de la aldea, a menos de un tiro de piedra del puente-frontera, se acercó a grandes zancadas. Vestía amplio pantalón oscuro con las perneras embutidas en las botas de caña, chaqueta de tela blanca, y venía armado con sable a la cintura y revólver al cinto. En aquellos tiempos de revuelta el señor gobernador velaba y dormía con las botas puestas.
A una ligera seña de uno de los serenos, el mensajero de la ciudad se apeó y cruzó el puente llevando de la brida el caballo.