Nostromo
Nostromo Don Pepe tomó la carta que el recién llegado le alargaba con la mano libre y se golpeó sucesivamente el lado izquierdo y las caderas buscando la caja de los anteojos. Después de acaballar en la nariz la pesada armadura de plata y de sujetarla cuidadosamente detrás de las orejas, abrió el sobre y puso el pliego en él contenido delante de sus ojos a la distancia de un pie. No había más que tres líneas y las estuvo mirando por largo tiempo. Su bigote gris se movió un poco arriba y abajo, y las arrugas que irradiaban de los ángulos de sus ojos se dilataron. Sin inmutarse hizo una inclinación.
—Bueno —dijo—. No hay contestación.
Después, según su habitual modo de ser, tranquilo y afable, entabló una conversación prudente con el portador de la misiva, que se mostró deseoso de platicar en tono alegre, como si le hubiera ocurrido algún suceso afortunado. Había visto desde lejos la caballería de Sotillo a lo largo de la playa del puerto, rodeando la Aduana. Los edificios se conservaban intactos. Los extranjeros del ferrocarril permanecían encerrados en sus empaladizas y no pensaban en hacer fuego sobre el pueblo. Les colmó de maldiciones y luego refirió la entrada de Montero y los rumores que corrían por la ciudad. Ahora todos los pobres iban a ser ricos. Esto era magnífico. No sabía nada más, y, sonriendo con aire propiciatorio, manifestó que tenía hambre y sed.