Nostromo

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El veterano sargento mayor le mandó presentarse al alcalde de la primera aldea. El mensajero se alejó a caballo, y don Pepe se encaminó despacio al pequeño campanario de madera, echó una mirada por encima de la cerca de un huertecito y vio al Padre Román sentado en una hamaca blanca, que pendía de dos naranjos frente a la casa parroquial.

Un enorme tamarindo sombreaba toda la blanca, construcción de madera con su oscuro follaje. Salió al punto una muchacha india de largo cabello, ojos grandes, y pies y manos pequeños, trayendo una silla de madera, mientras una vieja enjuta la seguía con la vista desde la galería. Don Pepe se sentó en la silla y encendió un cigarro, mientras el sacerdote aspiró del hueco de su mano una enorme cantidad de rapé. En su rostro moreno rojizo, aviejado y con hoyos, los ojos frescos y sin malicia brillaban como dos diamantes negros.








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