Nostromo
Nostromo Algún tiempo después de haber desaparecido, Nostromo, levantando los ojos al cielo, musitó:
—No estoy muerto aún.
El capataz de cargadores había vivido espléndidamente a vista de todos hasta el preciso momento de hacerse cargo de la gabarra que contenía los lingotes de plata.
La última acción que había ejecutado en Sulaco se hallaba en perfecta consonancia con su vanidad y, en tal concepto, era del todo sincera. Había entregado su último dólar a una vieja que gemía de pena y cansancio después de buscar inútilmente a su hijo entre los muertos y heridos del puerto. Aunque ese rasgo de generosa piedad se había ejecutado en la oscuridad y sin testigos, no por eso dejaba de tener los caracteres de esplendor y publicidad, y se amoldaba muy bien a su reputación. Pero el despertar en un sitio inhabitado, sin otra compañía que la de un buitre en acecho, no reunía tales caracteres. El primer sentimiento confuso que le invadió fue precisamente ése: que aquella situación no se acomodaba a lo que hasta entonces había sido su vida. Más se parecía al término de todo. La necesidad de vivir escondido de cualquier modo, Dios sabe por cuánto tiempo, se le ofreció al despertar del todo, e hizo que todo lo ocurrido años atrás le pareciera vano y fútil, a modo de sueño de grandezas bruscamente interrumpido.