Nostromo

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Trepó al desmoronado talud del bastión, y apartando los arbustos, registró con la mirada el puerto. Vio un par de barcos anclados en la sabana de agua que reflejaba los últimos rayos de luz, y el vapor de Sotillo amarrado al muelle. Y detrás de la pálida y larga fachada de la Aduana aparecía la extensión de la ciudad, con el aspecto de un bosque de grandes árboles, que se alzaba en el llano con una puerta en primer término; y las cúpulas, torres y miradores descollaban por encima del arbolado, formando una masa sombría, como si hubiera caído ya sobre la tierra el negro manto de la noche.

Al pensar que en lo sucesivo no le sería dable pasear a caballo por las calles, conocido de todos, grandes y chicos, como solía hacerlo todas las tardes cuando iba a jugar al monte en la posada de Domingo el mejicano, o a ocupar el sitio de honor escuchando los cánticos y viendo los bailes, le pareció que la ciudad había perdido su existencia real.







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