Nostromo
Nostromo Siguió contemplándola por algún tiempo, y luego dejó recobrar su primera posición a los arbustos, y, pasando al otro lado del fuerte, escudriñó la vasta superficie desierta del gran golfo. Las Isabeles resaltaban en negras siluetas sobre la estrecha banda roja del poniente, tendida entre ellas; y el capataz pensó en Decoud, que estaba solo allí con el tesoro, reflexionando con acrimonia que aquel hombre era el único atormentado por la inquietud de si caería o no en manos de los monteristas; y eso por meros motivos egoístas. En cuanto a los demás, ni sabían nada ni les importaba un comino. Lo que en cierta ocasión había oído decir al viejo Viola era certísimo. Reyes, ministros, aristócratas, los ricos en general, tenían al pueblo en pobreza y sujeción, como tenían a los perros para sus deportes de peleas y cacerías.