Nostromo

Nostromo

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La oscuridad había descendido hasta la línea del horizonte, envolviendo al golfo entero, las islas y al amante de Antonia, confiando en la gran Isabel a solas con el tesoro. El capataz, volviendo la espalda a todas aquellas cosas, invisibles y existentes, se sentó, y apoyó el rostro entre las manos cerradas. Por la primera vez de su vida sintió el rejonazo de la pobreza. Encontrarse sin un céntimo después de una hora de mala suerte al monte en el ruin y humoso cuarto de la posada de Domingo, donde la hermandad de cargadores jugaba, cantaba y bailaba por la noche, o quedarse con los bolsillos vacíos después de un rumboso regalo hecho públicamente a cualquier muchacha del peine de oro (de quien no volvía a acordarse), no tenía nada de humillante ni de mísero. Al contrario, le dejaba rico de gloria y nombradía. Pero, no siéndole ya posible en lo venidero pavonearse en las calles de la ciudad, ni ser saludado con respeto en los lugares donde solía pasar sus ocios, el marino genovés se sintió realmente sumido en la indigencia.

Tenía la boca seca, seca de tanto dormir y de la extrema ansiedad que sentía, como nunca le había ocurrido anteriormente. Puede decirse que Nostromo gustaba el polvo y las cenizas del fruto de la vida, en que había hincado los dientes estimulado por el hambre de alabanzas. Sin separar la cabeza de entre los puños, intentó escupir de frente —«tfui»— y murmuró una maldición contra el egoísmo de la gente rica.


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