Nostromo

Nostromo

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Ya que todo parecía perdido en Sulaco (y esa era la impresión con que había despertado), Nostromo pensó en partir del país. Al ocurrirle esta idea, se desplegó ante su imaginación, a modo de principio de otro sueño, un panorama de costas escarpadas y sin mareas, con sombríos pinos en las alturas y blancas casas pequeñas y achatadas abajo, junto a la orilla de un mar muy azul. Vio los muelles de un puerto enorme, donde las falúas de cabotaje, con sus velas latinas tendidas como alas inmóviles, entraban resbalando silenciosas por entre las puntas de los largos muelles, formados por cuadrados bloques, que se proyectaban angularmente uno hacia otro, abrazando un grupo de barcos en la soberbia concha de un cerro cubierto de palacios. Recordó esos paisajes no sin cierta emoción filial, a pesar de haber sido frecuente y brutalmente golpeado, cuando era muchacho, en una de esas falúas por un genovés de rostro afeitado y cuello taurino, hombre de genio impulsivo y desconfiado, que, según creía firmemente, le había robado su herencia de huérfano. Pero está misericordiosamente decretado que los males tiempos pasados aparezcan borrosos en los campos del recuerdo. La viva conciencia que tenía de su soledad, abandono y fracaso, le presentó como tolerable el retorno a su primera vida. Pero ¿cómo? ¿Volver? ¿Descalzo y a pelo, con una camisa de color y unos calzones por todo equipaje?


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