Nostromo

Nostromo

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A Nostromo le disgustaba profundamente la ironía burlesca con que el doctor solía aludir a su gran reputación. El tonillo escéptico con que lo hacía también Decoud le molestaba menos, porque la familiaridad de un hombre como don Martín halagaba su amor propio, mientras que el doctor no era nada. Le recordaba hecho un perdido y sin un céntimo, renqueando por las calles de Sulaco, privado de amistades y relaciones, hasta que don Carlos le tomó para el servicio de la mina.

—Usted podrá ser todo lo avisado que quiera —continuó Nostromo, pensativo, paseando la mirada por el oscuro ambiente de la habitación, ocupado por el lúgubre enigma del torturado y asesinado Hirsch—. Pero no soy tan tonto como cuando salí con la gabarra. Desde entonces he aprendido algo, y entre otras cosas, que usted es un hombre peligroso.

Esta salida le cogió tan de sopetón al doctor Monygham, que, sobresaltado apenas pudo decir:

—¿Qué dice usted?

—Si el muerto pudiera hablar, diría lo mismo que yo —prosiguió Nostromo con una inclinación de cabeza, que se proyectaba en silueta contra la ventana débilmente iluminada por las estrellas.

—No le entiendo a usted —volvió a decir Monygham con voz débil.


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