Nostromo
Nostromo Una falta grave, un crimen, que penetren en la vida de un hombre, la roen como un tumor maligno, la consumen como la fiebre. Nostromo había perdido la paz; la índole genuina de sus cualidades estaba destruida. Él mismo lo echaba de ver y a menudo maldecía la mina de Santo Tomé. Su valor, su esplendidez, sus diversiones, su trabajo, todo seguía como antes; pero todo era una vergonzosa ficción. Únicamente el tesoro conservaba su realidad. Apegóse a él con mayor tenacidad mental, y, con todo eso, odiaba el contacto de los lingotes. A veces, después de ocultar un par de ellos en su camarote —fruto de una secreta expedición nocturna a la Gran Isabel—, se miraba fijamente a los dedos, sorprendiéndose de no verlos manchados de un tizne indeleble.
Había hallado medio de negociar las barras de plata en puertos distantes, adentrándose en tierra muchas millas, y esto alargaba la duración de sus viajes costeros, haciendo que sus visitas a la familia Viola fueran raras.
A pesar de eso, estaba destinado a hallar en ella su futura esposa, y así se lo había dicho una vez al mismo Giorgio. Pero el garibaldino había eludido tratar el asunto con un majestuoso gesto de su mano, poniéndose en la boca la negra y medio carbonizada pipa de agavanzo. Había tiempo de sobra: él no era hombre que impusiera marido a sus hijas.