Nostromo
Nostromo Sus ausencias de Sulaco eran largas. Al regresar del viaje más prolongado, descubrió varios lanchones cargados con bloques de piedra al pie del acantilado de la Gran Isabel; grúas y andamios encima del peñasco, y figuras de obreros, que se movían de una parte a otra, junto a una pequeña torre de faro emergiendo de sus cimientos sobre la calva del peñón.
A vista de aquella novedad sorprendente, imprevista, no soñada, se creyó perdido irremisiblemente. ¿Qué podría librarle de ser descubierto? ¡Nada! Sintióse embargado de medrosa estupefacción ante aquel fatal capricho del destino que iba a encender una luz visible a una gran distancia sobre el único rincón secreto de su vida; aquella vida, cuya verdadera esencia, valor y realidad dependían de su reflejo en los admirados ojos de los hombres. Toda su vida, menos aquel secreto, inaccesible al conocimiento de la generalidad, que se alzaba entre él y el poder propicio a escuchar y poner por obra las maldiciones auguradoras de desgracias. En aquella región de su vida reinaba la noche, tan cerrada como pocos hombres la habían visto jamás. Y allí iban a encender una luz. ¡Una luz! La vio brillar sobre su desgracia, pobreza, abyección. Alguno estaba seguro de… Tal vez alguno había ya…