Situacion limite
Situacion limite La habitación de Mr. Massy —un camarote estrecho, de una cama— olía extrañamente a jabón, y ofrecía a la vista una desolación limpia de polvo y totalmente desprovista de ornato, no tan desnuda como desierta, no tan severa como reseca y falta de humanidad. Semejaba el patio de un hospital público, o más bien (por lo pequeño de las dimensiones) el limpio refugio de una persona desesperadamente pobre, pero ejemplar. Ni un solo marco de fotografía adornaba la cabecera; ni una sola prenda de vestir pendía de las perchas de latón, ni siquiera un sombrero. Todo el interior estaba pintado de un azul pálido liso; dos grandes cofres de mar cubiertos de lona y con cerrojos de hierro encajaban exactamente en el espacio de debajo de la litera. Bastaba una mirada para abarcar toda la franja de planchas pulimentadas que unían los cuatro visibles rincones. Era chocante la ausencia del habitual banco; la cimera de madera de teca del lavabo parecía herméticamente cerrada, lo mismo que el cajón del escritorio, que sobresalía del tabique de los pies de la cama. Ésta tenía un colchón delgado como una torta bajo raído cobertor de descolorida franja roja, y una mosquitera doblada para las noches de puerto. No se veía en parte alguna ni un pedazo de papel, ni desperdicios de ningún género, ni una mota de polvo; ni siquiera ceniza, cosa moralmente turbadora tratándose de un fumador empedernido, como manifestación de hipocresía extrema; y el asiento del viejo sillón de madera (el único asiento), pulido por el mucho uso, brillaba como si hubiese cubierto de cera su decadencia. La cortina de hojas de la orilla, pasando como si se desplegase sin fin por el agujero redondo del ojo de buey, proyectaba en la estancia una temblorosa trama de luz y sombras.