Situacion limite

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Sobriamente equipada, de suelo encerado, daba a una de las terrazas laterales. El irregular edificio de ladrillo, tan ventilado como una jaula de pájaro, resonaba con las incesantes sacudidas de persianas de caña hostigadas por el viento entre los encalados pilares cuadrados que daban al mar. Las habitaciones eran altas, y raudales de luz solar las llenaban hasta el techo. Las periódicas invasiones de turistas de algún vapor de pasajeros atracado en el puerto irrumpían por entre el polvo de las estancias, zarandeado por el viento, con el tumulto de sus voces no familiares y sus presencias fugaces, como relevos de sobras migratorias condenadas a dar vueltas corriendo a la tierra sin dejar nunca rastro. La babel de sus irrupciones se esfumaba tan de repente como había aparecido; los espaciosos pasillos y las chaise-longues de las terrazas ya no conocían su prisa por ver ni su reposo exhausto; y el capitán Whalley, constante y dignificado, abandonado solo de noche en el vasto hotel por todos los presurosos, se sentía, cada vez más, como un turista varado, sin objetivo a la vista, como viajero perdido y sin hogar. Fumaba pensativo en la soledad de la habitación, contemplando los dos cofres de marino que contenían todo lo que podía llamar suyo en este mundo. En un rincón, apoyado en la pared, veíase un grueso fajo de mapas en funda impermeable; debajo de la cama asomaba la caja plana que contenía el retrato al óleo y las tres fotos carbón. Estaba cansado de discutir condiciones, asistir a inventarios, de toda la rutina comercial. Lo que para las otras partes era meramente la venta de un barco, era para él un acontecimiento importante que implicaba una forma radicalmente nueva de ver la existencia. Sabía que después de aquel barco no habría ya ninguno más; y las esperanzas de la juventud, el ejercicio de sus capacidades, todo sentimiento y logro de su madurez, habían estado indisolublemente ligados a los barcos. Había servido en barcos, había poseído barcos, e incluso los años de su auténtica jubilación del mar habían sido soportables sólo gracias a la idea de que le bastaba con extender la mano llena de dinero para hacerse con un barco. Había sido libre por sentir como si fuese propietario de todos los buques del mundo. La venta de éste había sido fatigosa; pero cuando al fin se esfumó cuando firmó el último recibo, era como si todos los barcos hubiesen desaparecido del mundo, dejándole en la costa de inaccesibles océanos con setecientas libras en el bolsillo.


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