Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Noche tras noche regresaba de aquel modo a su casa, después de una jornada de trabajo y de placer, aspirando el incienso que él mismo se ofrecía y escuchando el himno que él mismo dedicaba a su suerte y a su prosperidad. El día que cumplió los treinta años volvió a su casa de la misma manera, tras una tarde pasada en agradable y ruidosa compañía. Mientras andaba a lo largo de la calle desierta, el sentimiento de su grandeza volvió a embargarle, y experimentó la sensación de que una fuerza misteriosa le elevaba de la tierra vulgar y oscura de Macasar. En su ánimo se mezclaban también sensaciones de alegría infinita y de profunda satisfacción, con ligeros temores y remordimientos. Lamentaba no haber hablado más a sus compañeros aquella tarde, y luego, en el hotel, acerca de sus propios méritos. En compensación, tenía el propósito de hacer que su mujer se levantase en cuanto llegara a su casa y obligarla a que le escuchase. ¿Por qué no se habría de levantar su mujer, preparándole, de paso, un soberbio cóctel…? ¡Sí, sí, estaba seguro de que lo haría así! Si él lo deseaba, toda la familia Da Souza se levantaría. Sólo con que él pronunciara una palabra, todos se levantarían e irían a sentarse ante él en el duro y frío suelo, escuchándole durante horas y horas… Pero no, aquella noche no necesitaba más auditorio que su propia esposa…