Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Experimentaba ese irresistible deseo de intentar instruir a los otros, de comunicar datos y noticias de todo a los demás, que es inseparable de la más espesa ignorancia. Willems creía saberlo todo. Desde el día en que todavía con el espíritu lleno de dudas, abandonó aquel ducado del este de la India, en el principado de Samarang, Willems se había dedicado a estudiarse a sí mismo, a estudiar las costumbres de todos los países que iba atravesando, a observarlo y a conocerlo todo… Y creía que, gracias a la enorme suma de conocimientos adquiridos durante aquel tiempo, había podido llegar a ocupar el lucrativo cargo que entonces desempeñaba. Siendo de naturaleza apocada y tímida, su éxito le llenaba de admiración y casi le hacía estremecer, habiéndose hecho por último ferozmente vanidoso y fatuo. Era de los pocos hombres que creen en sí mismos, y para él su sabiduría era la más acertada y vasta del orbe. Todos aquellos indígenas que le daban cariñosas palmaditas en la espalda y le saludaban ruidosamente al verle aparecer, se beneficiaban de su experiencia. Y para que a ninguno de los indígenas le faltara la luz de su ciencia infinita, cada tarde les daba lecciones, mientras iba sorbiendo con lento regodeo el delicioso e inolvidable cóctel, que le mojaba el negro bigote con el hielo desmenuzado. Al caer la tarde, con el taco en la mano, todavía hablaba con algún joven contrincante que jugaba con él al billar. Las mismas bolas de marfil parecían detenerse para escuchar su palabra, mientras el criado chino que marcaba los tantos, recostado negligentemente contra la pared, miraba, con su pálido rostro y sus ojos que parecían cosidos, el tapete verde sobre el cual brillaban, muy bajas, dos lámparas de petróleo. Los ojos del chino parecían cerrarse, mientras oía la interminable letanía de palabras, para él ininteligibles, que murmuraba el hombre blanco. Luego, en una pausa de la conversación, continuaba el juego, y las bolas zigzagueaban caprichosas sobre el tapete, hasta derribar los diminutos bolos que el chino volvía a colocar verticalmente en el centro de la mesa. A través de las grandes ventanas y de las puertas abiertas penetraba el olor salobre del mar y el perfume de la tierra y de las flores del jardín que rodeaba al hotel, y que se mezclaba al hedor de las lámparas de petróleo. Las cabezas de los jugadores se sumergían bajo los chorros de luz cada vez que jugaban, y luego volvían a hundirse en las sombras de las pantallas verdes. El reloj daba rítmicamente las horas y las medias. El criado chino, con una voz aguda que recordaba el ladrido de un perro, iba repitiendo los tantos con monotonía adormecedora, hasta que por fin casi siempre ganaba Willems. Entonces, éste, quejándose de que era tarde y recordando que era un hombre casado, salía precipitadamente del hotel a la calle larga y solitaria, después de murmurar un nervioso ¡«Buenas noches»! A aquellas horas, su rostro blanco semejaba una mancha de luz de luna, donde los ojos brillaban como dos luceros en un cielo sereno. Willems se dirigía hacia su casa, siguiendo la calle flanqueada por jardines de una lujuriante y soberbia vegetación. Las casas, a derecha e izquierda, desaparecían bajo la masa verdinegra del espeso follaje. Willems tenía toda la calle por suya. Le gustaba ir por el centro de ella, contemplando su sombra, que danzaba rítmicamente ante sus ojos. Él la contemplaba complacido. ¡Era la sombra de un hombre tan feliz! Sentíase ligeramente aturdido a causa del cóctel y de la satisfacción que le producía su propia gloria: una especie de embriaguez, para emplear la palabra acertada. Como decía sin cansarse la gente, él había llegado de Occidente hacía catorce años siendo un pobre diablo, un verdadero golfillo. Su sombra debía de ser entonces muy pequeña también. En cambio, ahora se decía, con una leve sonrisa de inmensa satisfacción, que aquella sombra que contemplaban sus ojos era nada menos que la sombra del empleado de confianza de «Hudig y Compañía», que iba hacia su casa. ¡Qué inmensa gloria! Él había vencido en los dos juegos, en el de la vida… y en el del billar. Aligeró el paso, haciendo sonar en su bolsillo el dinero que había ganado y pensando en los días durísimos que habían decidido el camino de su vida. Recordó su viaje a Lombok, cuando fue a buscar caballos, primer asunto de consideración que Hudig le había confiado. Luego, evocó otros negocios de más importancia: el tranquilo y sencillo comercio del opio; el ilegal tráfico de la pólvora; el gran negocio del contrabando de armas de fuego, y las alambicadas y expuestas relaciones que tuvieron con el rajá de Goak. Habían podido llevarse todos a cabo gracias a su bravura indomable, a su tesón y a su audacia. Tuvo el valor y la osadía de presentarse al nuevo gobernador de la comarca, lo sobornó regalándole una carroza dorada y llena de espejos, lo engañó y obtuvo de él cuanto quiso. Él desaprobaba al que hunde su mano en la bolsa ajena para apoderarse de los bienes de otro, pero reconocía que hay ocasiones y circunstancias en que se pueden y deben burlar las leyes. Algunos llaman a esto chantaje o estafa, pero son los simples, los locos, los débiles o los hombres incapaces de acción; el hombre sabio e inteligente, el fuerte, se ríe de todo eso y no tiene escrúpulos. Donde hay escrúpulos, hay debilidad. Willems repetía con frecuencia esta sabia máxima a la juventud. Constituía su doctrina, y él mismo era una brillante muestra de aquella verdad, un ejemplo rotundo e innegable.