Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Por lo demás, él necesitaba escasos placeres para sentirse dichoso en aquel país semisalvaje. Le gustaban los juegos de destreza y habilidad, tales como el billar y el póquer. Había sido el más aventajado discípulo de un americano serio y callado, que había ido a parar a Macasar como si hubiese surgido de las inmensas soledades del océano Pacífico, pues jamás hablaba de sus orígenes, limitándose a decir que había pasado su infancia en San Francisco de California. El recuerdo del americano estaba presente siempre que se jugaba al póquer, pues desde entonces este juego se había hecho popular en la capital de las Célebes. Asimismo el americano dio a conocer en Macasar un delicioso cóctel, que luego se habían ido transmitiendo de uno a otro todos los criados chinos del «Hotel Sonda», los cuales guardaban el secreto de la bebida misteriosa en el dialecto de Kwang-Tung, que casi todos conocían. Willems, como decimos, era un adorador del póquer y del famoso cóctel del americano. No se vanagloriaba de ello, sin embargo; su gran orgullo era la confianza que en él tenía Mr. Hudig, su principal.