Un vagabundo de las islas

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¡Su esposa…! Se estremeció ligeramente. Era una mujer de aspecto lúgubre y triste, en cuyos ojos se reflejaba un eterno espanto, de boca abierta y labios colgantes, que le escuchaba siempre con dolorosa admiración, sorpresa y respetuoso silencio. Ya estaba acostumbrada a los discursos nocturnos de su esposo. Al principio se había rebelado. Una sola vez. Ahora, en cambio, mientras él se balanceaba en una mecedora, o hablaba y bebía, ella, inmóvil al otro extremo de la mesa, con las manos cruzadas sobre el regazo, le escuchaba, silenciosa y llena de admiración, durante horas enteras, hasta que él la despedía murmurando brevemente un «¡Anda a acostarte, mujer!» lleno de compasión despectiva. Ella entonces dejaba escapar un suspiro contenido, y salía de la habitación experimentando un alivio, como el que se quita un gran peso de encima. Nada la conmovía ni la hacía protestar o rebelarse. Después de aquella primera intentona de rebeldía, la mujer sentía un profundo terror por su esposo, y no se había atrevido a protestar de nuevo. Desde entonces, Willems consideraba a su mujer como el ser más débil y apocado del mundo. Por lo demás, no tardó en comprender que había sido una desgracia casarse con ella. Pero, en fin, ya no había remedio. Tuvo que buscar alojamiento, y como el casamiento parecía haber agradado a Hudig, éste le cedió el bungalow, aquella lindísima casita rodeada de flores y de una vegetación exuberante, hacia la que en aquellos momentos se dirigía bajo la pálida luz de la luna. Bien es verdad que desde entonces también él contaba con la adoración de toda la tribu de los Da Souza. Quién sabe si, transcurridos otros tres años, toda la población blanca de la comarca le propondría para gobernador…


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