Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Luego, dos de los huéspedes principales de Lakamba se pusieron a hacer alegres planes para el porvenir, un porvenir que les parecía más risueño y amable que nunca. El venerable Sahamin, como ocurre a los hombres que alcanzan su avanzada edad, encontraba el placer supremo en futuras y provechosas especulaciones, a las cuales se iba a lanzar inmediatamente con entusiasmo. Compraría botes y faluchos, y enviaría las expediciones por el río, ensanchando su comercio, y, apoyado por el capital de Abdulah, se haría inmensamente rico en unos cuantos años. ¡En muy pocos años! Mientras tanto, proyectaba hacer algo muy útil y conveniente para él: al día siguiente iría a ver a Almayer, y, aprovechándose del último día de prosperidad que iba a disfrutar el hombre odioso, se daría maña para obtener de él algunas mercancías a crédito. Sahamin tenía la certeza de que aquello iba a ser para él un negocio excelente, ya que al advenimiento de la revolución que preparaban todas las deudas quedarían borradas y suprimidas automáticamente.
Lakamba, que subía las escaleras del desembarcadero en medio de sus dos lugartenientes, escuchaba al anciano con rostro impenetrable. Su cuello de toro estaba cubierto de sudor, y sus grandes ojos negros miraban ante él con orgullo y majestad.