Un vagabundo de las islas

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Babalatchi permaneció tras ellos, solo con sus pensamientos. El sagaz político de Sambir dirigió una mirada desdeñosa a su protector y a los amigos de éste, y permaneció un momento abstraído, recordando la imagen del hombre que acababa de marcharse, del príncipe del que los otros parecían tan seguros. Babalatchi, más experimentado o más sagaz que ellos, desconfiaba siempre. Al fin se decidió a abandonar la orilla del río y siguió una senda solitaria que se alejaba de las escalerillas del desembarcadero, yendo a situarse lejos de la explanada central, donde ardían pequeñas hogueras que brillaban semejantes a estrellas caídas del cielo maravilloso y sereno. Luego pasó por la puertecilla que comunicaba la gran explanada con el huerto donde estaba la casa de Omar, y subió la veranda, desde donde miró a la casita del ciego, ante cuya puerta brillaba aún la hoguera mortecina. Luego se puso a entonar a media voz una canción monótona y terrible, que hablaba de un naufragio y de dos hermanos que se mataban después de disputarse una vasija de agua. Los pájaros nocturnos lanzaban extraños graznidos entre el follaje del árbol, y se oía un tenue batir de alas. Babalatchi distinguía ante el fuego las figuras de un hombre y de una mujer. ¿Quiénes eran? Seguramente, Willems y Aissa… Luego Babalatchi tuvo un leve acceso de tos, que le obligó a callar. Por último se marchó en busca del descanso, ya que no del sueño reparador y dulce.


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