Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Tan pronto como Abdulah y sus compañeros salieron del huertecillo que rodeaba la casa de Omar, Aissa se acercó a Willems y se sentó a su lado.
Willems no se dio cuenta de la actitud expectante de la muchacha hasta que ella le tocó dulcemente en un brazo. Entonces se volvió furioso hacia su amada y, levantándose, le arrancó el velo que cubría su rostro y se lo pateó como si hubiera sido el peor de sus enemigos. Ella le miró con una débil sonrisa de paciente curiosidad, con la intrigada curiosidad de la ignorancia, como si estuviera contemplando la maravillosa marcha de una máquina nunca vista.
La joven se había levantado también, y Willems, después de desahogada su furia, permaneció en pie, de cara al fuego. Sólo cuando Aissa le acarició la nuca, el rostro de Willems adquirió una expresión menos sombría, sus ojos relucieron y sus labios temblaron un instante. Luego, sonrió levemente, con una sonrisa de ironía que le torció la boca, avanzó unos pasos, abrió los brazos y estrechó con rudeza a la muchacha contra su pecho. Después la soltó con tal rapidez que Aissa retrocedió dando un traspiés. La joven lanzó al fin un leve suspiro y dijo en tono de amable reproche:
—¡Loco! Si me llegas a matar entre tus brazos, ¿qué hubieras hecho?