Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —Por último, siempre bajo la dirección de Willems, los indígenas me arrojaron en la gran silla de brazos. Yo estaba cosido y tan tieso como un madero, dentro de aquella extraña funda. Willems continuaba dando órdenes, y Babalatchi, el tuerto infernal, se cuidaba de que éstas se cumplieran. Los indígenas obedecían sin vacilar. Mientras tanto, yo estaba allí, en el sillón, inmóvil como un leño, y aquella mujer se puso a brincar delante de mí, haciendo guiños y gestos despectivos. ¡Oh, qué malas son las mujeres!, ¿no lo cree usted, capitán? Yo no conocía a aquella mujer, no la había visto nunca, y, sin embargo, ella se alegraba de mi mal y de mi dolor. ¿Puede usted comprenderlo? De vez en cuando se separaba de mí, pero luego volvía a repetir sus cabriolas y sus gestos ofensivos. Mi aliento abrasaba, y mis brazos y mis piernas estaban inmóviles. El polvo y la tierra me habían cegado, y veía con dificultad. Aquella mujer infernal arrastró a Willems frente a mi silla, y me dijo: «¡Mírame! ¡Soy como las mujeres blancas!». Y, cruzó los brazos detrás de la cabeza. Los indígenas se escandalizaron. De repente, Aissa me señaló y le preguntó a Willems: «¿Cuándo lo vas a matar?». Imagínese usted lo que yo sentía. Creo que me desvanecí. Supongo que hubo una riña, pues cuando recobré los sentidos Willems parecía muy colérico y la mujer no estaba. Supuse que la habría mandado a mi casa, a ver a mi mujer, que estaba escondida y no había aparecido desde que empezaron los sucesos. Willems me dijo entonces (aunque yo oía con dificultad su voz triste y enronquecida) que no me tocarían ni el pelo de la ropa. Yo no contesté. Entonces él añadió lentamente: «Observe usted que la bandera que ha izado en el tejado de su casa, y que, dicho sea de paso, no es la suya, ha sido respetada. Dígaselo usted así al capitán Lingard cuando lo vea. Pero que conste que usted ha sido también el primero que ha hecho fuego contra la multitud de indígenas». Entonces no pude contenerme y grité: «¡Es usted un embustero y un granuja!». Willems retrocedió humillado, y pude darme cuenta de que le contrariaba ver que no me había atemorizado a pesar de todo. Luego continuó: «De todos modos, desde su huerto se ha disparado un tiro, que ha herido a uno de mis hombres. A pesar de lo cual, su propiedad será respetada, por consideraciones a la bandera inglesa que flota sobre esta casa, a la Unión Jack[1]. Además, no quiero tener ninguna cuestión con el capitán Lingard, que es su socio. Y en cuanto a usted, tengo la seguridad de que no olvidará jamás este día, aunque viviera cien años, o yo no conozco un ápice de su carácter. Usted guardará el recuerdo de esta humillación hasta el último día de su vida. De este modo le pago la amabilidad con que me trató en otra ocasión. Estamos en paz. Haré que le despojen del poder, de la autoridad y de la influencia que tenía en la colonia. Esta costa está bajo la protección de Holanda, y usted no tiene derecho a ejercer aquí dominio alguno. Existe un gobernador general, cuyas órdenes hay que respetar, como usted sabe… Y ahora, dígame dónde guarda usted la llave del almacén». Yo no contesté, y él, al cabo de un gran rato, se levantó diciendo: «Bien, usted tendrá la culpa si se le causa algún daño o perjuicio». Entonces ordenó a Babalatchi que forzara la puerta de mi despacho, y cuando Babalatchi obedeció, Willems entró en mi cuarto de trabajo y revolvió todos los cajones, pero sin encontrar la llave del almacén.