Un vagabundo de las islas

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»Entonces Aissa fue en busca de mi mujer, y ésta les entregó la llave. Al cabo de un rato, los miserables fueron arrojando al río todos los barriles que estaban en el almacén. ¡Ochenta y tres quintales! Willems dirigía personalmente la maniobra, y parecía experimentar un placer inmenso al ver caer los barriles al agua. Entre los indígenas corrió un murmullo de protesta, y Babalatchi censuró el proceder de Willems, pero éste le zarandeó amenazadoramente y el tuerto se calló. Debo añadir que Willems se mostraba valiente y audaz frente a los indígenas. Luego se acercó a mí de nuevo y me dijo: “Hemos encontrado a su criado Alí y a su hija escondidos en la parte alta del río, entre los matorrales, y los hemos traído aquí. Ambos están en lugar seguro. Y quiero felicitarle a usted, Almayer, por la inteligencia de su hija, que me reconoció en cuanto me vio y me gritó con todas sus fuerzas: ¡Cerdo!, con la misma naturalidad con que usted me lo hubiera llamado. Alí se asustó y le pegó a la niña en la boca. Creo que educa usted muy mal a su hija, Almayer, pero no le guardo rencor. La verdad, tiene usted una figura tan ridícula en esa silla, atado como un salchichón, que hace que se le perdone todo. Estoy vengado”. Yo hice entonces un terrible esfuerzo para librarme de mis ligaduras y saltar a la garganta del canalla, pero sólo conseguí caer al suelo, derribando la silla sobre mí. Willems se echó a reír y murmuró con ironía. “Bueno, amigo mío, voy a llevarme la mitad de las balas de su revólver, dejándole a usted la otra mitad. Nos corresponde la mitad a cada uno, como buenos hermanos. Los dos somos blancos, y debemos prestarnos mutua ayuda. Quizá las necesite”. Yo le grité desde debajo de la silla: “¡Es usted un ladrón y un canalla!”.


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