Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas »Willems no me contestó. Salió de la veranda llevando a Aissa enlazada por la cintura y apoyando la otra mano en el hombro de Babalatchi, al que, según creí comprender, le iba dictando ciertas órdenes. Al cabo de cinco minutos no había nadie en nuestra hacienda. Al fin vino Alí y me libertó cortando mis ligaduras. Desde entonces no he vuelto a ver a Willems ni a ninguno de los miserables que tomaron parte en aquellos sucesos. Me quedé solo. Ofrecí sesenta dólares al indígena que fue herido, el cual aceptó, y libertaron a Jim-Eng al día siguiente, cuando ya habían quitado la bandera del mástil de la explanada. En señal de gratitud, el chino me envió seis cajas de opio, pero creo que aún no ha salido de su casa. Me han dicho que no corre peligro, y como ahora parece que todo está tranquilo en la colonia, yo también lo creo.
Al terminar su narración, Almayer levantó la cabeza y contempló los bambúes del techo de la veranda.