Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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Lingard se recostó en su asiento y estiró las piernas. En la penumbra melancólica de la veranda, que tenía los toldos extendidos, ambos oyeron diferentes ruidos procedentes de los campos abrasados por un sol de fuego: un saludo que partía del río, una voz que contestaba desde la orilla, el chirrido de la polea de una barca… Luego se hizo el silencio de nuevo, un silencio solemne, como si todo el mundo hubiese muerto alrededor. Lentamente, el capitán levantó uno de los toldos y miró hacia fuera en silencio. De una pequeña goleta anclada frente al muelle de Lingard les llegó una voz:

—¡Oye! ¡Tira un poco de la verga de mesana! ¡Bueno…! ¡Ya…!

Se oyó un chirrido prolongado. Luego se hizo otra vez el silencio. Lingard bajó el toldo. El calor aumentaba, pues el sol caía a plomo. Lingard se sentó de nuevo frente a Almayer y adoptó una actitud pensativa.

—Es preciosa esa goleta, ¿verdad, capitán? —murmuró Almayer con voz cansada al cabo de un momento—. ¿La ha comprado usted?



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