Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —No —repuso Lingard—. DespuĂ©s de haber perdido al Relámpago, nos dirigimos a Palembang en nuestros botes. AllĂ la fletĂ© por seis meses. Es de ese joven llamado Ford, al que usted conoce. Ford querĂa quedarse en tierra por algĂşn tiempo, y yo le ofrecĂ fletarle la goleta. Naturalmente, a bordo van todos los hombres de Ford. Son gente extraña a mĂ. Yo fui a Singapur, a lo del seguro del barco, y luego me dirigĂ a Macasar. TenĂa bastantes pasajes, pero el viaje fue pĂ©simo, pues no soplĂł el menor viento. ParecĂa que me habĂan maldecido. En Macasar tuve no pocas dificultades y disgustos con Hudig, y esto me hizo perder mucho tiempo.
—¡Ah! ¿Con Hudig? ¿Disgustos? ¿Por qué? —preguntó Almayer un poco intrigado.
—¡Oh!, a propósito de… una mujer —repuso el capitán.
Almayer levantĂł vivamente la cabeza y mirĂł con gran sorpresa a su interlocutor. El viejo lobo de mar acariciaba su larga barba blanca de un modo pensativo. Sus ojos, aquellos ojos que habĂan contemplado todos los mares y que conocĂan tan bien todos los rincones del planeta, se fijaron en Almayer con la expresiĂłn de una fiera escondida entre los matorrales de una selva.
—¡Qué extraño! —comentó luego Almayer—. ¿Qué tiene usted que ver con ninguna mujer que interese a Hudig? ¡Vaya con el viejo pecador!