Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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—¿Cómo? ¿Qué dice usted, hombre? Yo creo que es la mujer de un individuo a quien conozco…

—No le comprendo, capitán.

—Ya me comprenderá, Almayer. Se trata de la mujer de un hombre a quien usted también conoce, y creo que demasiado bien.

—Conocí a muchos hombres antes de que usted me trajese a enterrarme en este agujero —dijo Almayer con inmensa ironía—. Y si esa mujer a que usted se refiere ha tenido algo que ver con Hudig, lo siento por su marido, pero no por Hudig, al que todos conocemos.

Y Almayer se sonrojó un poco, recordando los tiempos de su primera juventud, cuando vivía en la segunda capital de las islas.

Pero el capitán Lingard extendió la mano, cortando sus recuerdos y sus reflexiones, y exclamó:

—¡No diga usted tonterías! Se trata de la mujer de Willems.

Almayer dio un respingo y miró a su interlocutor con los ojos y la boca muy abiertos.

—¿Cómo? ¿Qué dice usted? —exclamó en el colmo de la sorpresa.

—He dicho que la mujer de Willems —repitió el capitán—. Supongo que no es usted sordo, ¿verdad? La mujer de Willems. Eso es. Comprendo su extrañeza. Habíamos hecho la promesa de no decir nada, pero yo no sabía lo que había ocurrido aquí.


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