Un vagabundo de las islas

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—Bueno, pero ¿qué ha ocurrido? Apostaría a que le ha dado usted dinero a esa mujer. ¿No es cierto?

—No, precisamente, aunque creo que debí dárselo.

Almayer hizo un gesto de impaciencia, y el capitán continuó:

—El caso es… El caso es otro. Es que he traído aquí, a Sambir, a esa mujer, a la mujer de Willems.

—¡Diablo! ¿Para qué? —exclamó, Almayer, levantándose vivamente y casi derribando la silla.

Luego alzó los brazos, como escandalizado y divertido a la vez, mientras el capitán, lentamente y en silencio, asentía repetidas veces. Luego, Lingard dijo:

—Pues sí. La he traído. Está aquí. Un callejón sin salida, ¿verdad?

—¡Y tanto! Le juro que no sé lo que pretende. ¿Qué piensa hacer ahora? ¡La mujer de Willems…!

—Sí, la mujer y su hijo, un niño pequeño. Los dos están en la goleta.

Con súbita sospecha, Almayer miró al capitán con el ceño fruncido. Luego se sentó. El capitán continuó:


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