Un vagabundo de las islas

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Almayer sonrió con desdén y contestó:

—Willems será ahora completamente feliz. Va usted a hacer de golpe dichosas a dos personas.

Y volvió a sonreír con tanta ironía que el capitán le miró con una expresión interrogativa.

Luego, como si comprendiera de pronto el sentido de la sonrisa y la ironía de las palabras de Almayer, se encogió de hombros, consternado, y añadió:

—Entonces, esta vez me he metido en un arrecife, ¿verdad? ¿Qué puedo hacer?

—Envíe usted esa mujer otra vez a Macasar —repuso Almayer sonriendo levemente.

—¿Cómo? ¿Eso es lo que me aconseja usted? ¡De ninguna manera! Yo lo arreglaré todo. Mientras tanto, usted debe alojar en su casa a esa mujer y a su hijo.

Almayer se revolvió como un reptil al que hubieran pisado:

—¿Aquí, en mi casa? —gritó descompuestamente.

—¿En su casa? También es un poco mía, ¿no es así? —repuso Lingard—. Por lo tanto, obedézcame y calle.

—¡Si lo dice usted en ese tono! —murmuró Almayer sombríamente, haciendo un ademán de asentimiento.


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