Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —No pongamos las cosas peor de lo que están —continuó diciendo Lingard, plácido y sereno—. Debe usted darme tiempo para arreglarlo todo. Comprenda, Almayer, que no puedo dejar a esa mujer todo el tiempo a bordo de la goleta. Tengo que decirle algo. Decirle, por ejemplo, que su marido no está aquÃ, que se marchó rÃo arriba. Asà daremos tiempo, ¿comprende?, a que las cosas se vayan arreglando. Usted puede ocultarse discretamente, mientras yo despejo por completo la situación. La vida es cruel con todos, amigo mÃo, y nosotros debemos sortearla como a los temporales del mar, para que no eche a pique nuestra barca. Usted debe atenerse ahora a lo que le digo —añadió con firmeza—, a menos que quiera que nos peleemos.
—No, no quiero pelearme con usted, capitán —contestó Almayer con forzada deferencia—. Sólo pretendo comprenderle. Yo sé que usted es mi mejor amigo, capitán Lingard. Lo que ocurre es que a veces no le comprendo, no puedo adivinar lo que quiere.
Lingard lanzó una exclamación de cansancio que terminó en un hondo suspiro. Cerró los ojos y se recostó en la silla, y Almayer vio pasar por su rostro la sombra de una inmensa fatiga.