Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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—Estoy agotado, amigo mío, completamente agotado —murmuró luego el capitán—. Me he pasado la noche en cubierta, dirigiendo las maniobras de la goleta para entrar en el río; luego, no he cesado de hablar desde que he llegado. Me acostaría de buena gana, aunque fuera en un catre o en una hamaca. Pero antes querría comer algo.

Almayer batió palmas, y al ver que nadie acudía se disponía a penetrar en la casa cuando oyeron a una niña que gritaba:

—¡Suéltame! ¡Quiero entrar sola en la casa! ¡Me enfadaré mucho! ¡Suéltame!

Una voz de hombre contestaba con dulce reconvención. Los rostros de Almayer y de Lingard parecieron iluminarse súbitamente, y el viejo lobo de mar gritó:

—¡Trae a la niña, trae a la niña!

—Ahora verá cómo ha crecido —murmuró Almayer en tono jubiloso.

En el umbral apareció Alí, llevando en brazos a la pequeña Nina Almayer. La niña había enlazado el cuello de Alí con uno de sus brazos, y con la otra mano sostenía una toronja madura casi del mismo tamaño que su cabeza. Su pequeño delantal se le había salido de los hombros, dejándolos al aire, y su pelo negro caía en cascadas sobre su piel morena; los ojos, negros también, brillaban como dos luceros.


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