Un vagabundo de las islas

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Lingard se había levantado para ir al encuentro de Alí, y la niña, en cuanto vio al viejo marino, soltó la toronja y corrió hacia él con los brazos extendidos y lanzando un grito de alegría. Luego se puso a tirarle cariñosamente de su larga barba blanca.

—¡No me tires tan fuerte pequeña, no tan fuerte! —murmuró el marino, estrechando la cabecita de la niña contra su pecho de orangután.

—¡Coge mi toronja, rajá del mar! —dijo entonces la niña—. Ponía aquí… Alí me ha dicho que tú has luchado con muchos hombres, por ahí, en los mares inmensos, lejos, lejos, muy lejos…

Levantó su manecita, mientras Lingard la sentaba sobre la mesa, cogiendo luego la enorme toronja y colocándola al lado.

—¿Quién le ha contado a la niña todas estas cosas? —preguntó el capitán mirando a Almayer, que había estado dando órdenes a Alí.

—¡Oh!, la gente de la hacienda —repuso el padre sonriendo—. Siempre anda con los trabajadores, y no le hace ningún caso a su madre, aunque en el fondo esto me alegra. ¡Mire usted lo linda que es! Tiene mi misma naturaleza. ¡Es tan vigorosa y tan fuerte como yo!

Los dos hombres miraban a la pequeña con delectación.

—Es una mujercita —comentó luego el capitán—. Verá usted cómo logramos algo bueno de ella.


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