Un vagabundo de las islas

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Y comenzó a contar al interesado Almayer sus planes para el porvenir. Quería entrevistarse con Abdulah y Lakamba. Era preferible estar en buenas relaciones con aquellos individuos, ya que ellos tenían el poder en sus manos. Mientras hablaba, la niña, que había encontrado el silbato de órdenes que, atado con un cordoncillo de seda, pendía del cuello del capitán, se puso a silbar con todas sus fuerzas, lo que hizo sonreír a los dos hombres. Luego continuó Lingard diciendo que aquello se podría resolver fácilmente. Él era un hombre que se hacía cargo de todo; nadie sabía esto mejor que Almayer. Así, pues, intentarían realizar juntos algún negocio. Todo se arreglaría. Pero lo más importante —y al llegar aquí, Lingard bajó la voz y se detuvo, marcando una leve pausa ante el asombrado Almayer—, lo más importante de todo, era el oro que se podía extraer de las aguas del río. Él mismo se consagraría en cuerpo y alma a la tarea. Había estado antes en el interior de la isla, y conocía aquello. Existían grandes cantidades de oro en las aguas del río. Algo fabuloso. Él estaba seguro. ¿Que era un trabajo peligroso? Desde luego; pero la recompensa también era enorme. Él se encargaría de la explotación, y acabaría por encontrar oro, mucho oro. No tenía la menor duda. Había que hacer bien las cosas, fundando una compañía en Batavia o en Inglaterra, mucho mejor en Inglaterra. Y aquella niña sería alguna vez una mujer riquísima, que pasearía sus millones por todo el mundo. Él, Lingard, quizá no llegara a verlo, aunque aún se sentía bien y dispuesto a vivir muchos años; pero Almayer lo vería. ¡Él tenía aún que vivir para alguien en la tierra!


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