Un vagabundo de las islas

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Y al decir esto, el capitán acariciaba la cabecita morena de Nina.

La niña no había cesado de gritar mientras hablaba el capitán, y éste se volvió hacia ella y preguntó:

—¿Qué te pasa, mujercita?

—Yo no soy una mujercita —repuso Nina Almayer con mucha gracia—; yo soy una niña blanca, y las mujeres blancas son mis hermanas. Mis papás y Alí lo dicen así…

Almayer casi se puso a bailar de paternal regocijo:

—Sí, es verdad —comentó—. Se lo he dicho así muchas veces. ¡Qué lista es esta chiquilla, Dios mío!

—Bien, y yo soy el esclavo de la niña blanca —repuso Lingard, inclinándose con cómica solemnidad—. A ver, ¿qué quiere la niña?

—Quiero una casita, con otra casita encima, y luego otra, alta, muy alta, como las que hay en el país de mis hermanas, donde duerme el sol.

—Sí, sí, lo recuerdo todo —dijo el padre embelesado—. Quiere decir que le construya un castillo de naipes, como el que le hizo la última vez que estuvo usted aquí, capitán.


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