Un vagabundo de las islas

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Lingard sentó a la niña en las rodillas, y Almayer comenzó a revolver en los cajones de la mesa, buscando las cartas con tanta ansia y emoción como si la suerte del mundo entero dependiera del capricho de su hijita. Al fin sacó una baraja sucia y vieja, que sólo veía la luz cuando Lingard iba a Sambir y él y Almayer jugaban alguna partida, en especial un juego chino. Este juego aburría a Almayer, pero parecía gustar con delirio a Lingard, que lo consideraba como un producto genial del talento chino, raza que admiraba hasta el último grado.

—Bueno, ahora vamos a hacer ese castillo de naipes, querida —dijo al fin el capitán, cogiendo las dos primeras cartas y poniéndolas en equilibrio sobre la mesa. Luego continuó el trabajo bajo la atenta mirada de la niña, teniendo la cabeza hundida entre los dos hombres y el rostro inclinado hacia el suelo, para que su respiración no echara abajo la obra de arte.

Mientras tanto, hablaba lentamente con Almayer:





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