Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¡Yo sé lo que me pesco, amigo, en eso del oro! Estuve en California el año 49, y luego en Victoria, en los primeros tiempos de las explotaciones. ¡Conozco el negocio! ConfÃe usted en mÃ, amigo mÃo. Por lo demás, cualquiera podrÃa confiar en mà para un caso de éstos. ¡Bueno, niña, estáte quieta, si no quieres que se nos venga al suelo la casita de naipes! Ya tenemos dos pisos. Ahora haremos otro encima. Pues, como le iba diciendo, querido Almayer, usted no tiene que hacer otra cosa que estarse aquà quieto, y recogerá luego el oro a montones, como si fuera tierra… ¡Bueno, pequeña, ya está listo el tercer piso! ¡Vaya una casa! ¿Eh? ¿Qué me dices?
Se recostó en su silla, mientras con una mano acariciaba la cabeza de la niña y accionaba con la otra al hablar con Almayer:
—Una vez en el lugar donde se halla el oro, no tendrÃamos más trabajo que recogerlo bonitamente. Lo enviarÃamos a Europa. La niña podrÃa recibir una educación esmeradÃsima, y nosotros serÃamos ricos. Aunque ricos no es la palabra. Allá, en Devonshire, de donde soy oriundo, habÃa un individuo que hizo una casa como un transatlántico. Yo era chico, y aún me acuerdo. La gente decÃa que habÃa sido pirata, pero la verdad era que tenÃa su fortuna en los paÃses del oro. Una fortuna fabulosa, querido Almayer.
La niña comenzó a gritar en aquel instante: