Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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—¡Más alta, más alta!

Y al decir esto tiraba de la blanca barba del lobo de mar, que repuso besándola:

—¡Que me haces daño, bribonzuela! ¿Qué quieres? ¿Otro piso más? ¡Bien, lo intentaremos, lo intentaremos!

La niña contempló fijamente al marino, que añadió otro piso a la casa de naipes. Luego, cuando el trabajo estuvo terminado, Nina palmoteo y lanzó un grito para expresar su alegría.

—¡Oh, mira! —exclamó entonces Almayer, dando un leve golpe en la mesa.

El castillo de naipes se derrumbó, y la niña comenzó a gritar colérica y desesperadamente.

—¡Bueno, basta ya, hija mía! —dijo cogiendo a su hija en brazos—. El capitán está muy cansado. Vente conmigo.

Lingard le dio un beso, y el padre se la llevó. El viejo marino, lanzando un suspiro de alivio, se recostó en la silla, cerró los ojos un instante y murmuró para sí:

«La verdad es que estoy cansado como un perro de pastor».


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