Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Lingard era un hombre de voluntad, un hombre que jamás había vacilado en el camino de su vida. Era un hombre de suerte. Comerciante afortunado, triunfador en sus luchas y en sus empeños, gran navegante, podía estar satisfecho de sí mismo. Conocía todos los mares del orbe; todo el mundo le respetaba y le alababa; y bien podía considerarse un hombre feliz. Apenas leía nada. Muy pocos libros habían caído en sus manos, y, además, todo su tiempo estaba ocupado en sus largas travesías, en el comercio, en todas las manifestaciones de una actividad desbordante y fecunda. Su mayor placer había sido siempre socorrer y guiar a los hombres de vida aventurera y descarriada. Recordaba su ciudad natal, en la bahía de Falmouth, donde se formó su alma inocente y cándida; los lejanos días del colegio; al sacerdote que todos los domingos iba a enseñarles la doctrina y a darles nobles y prudentes consejos. Luego, un día, siendo aún muy joven, pero estando ansioso de ver mundo, abandonó el rincón natal en aquel bergantín en que recorrió por primera vez los mares a los que iba a dedicar su vida entera y donde haría su fortuna. Cuando pensaba en su carrera —primero comandante de buque, luego armador y, al fin, hombre adinerado, respetado por doquier y elevado casi a la categoría de rajá, hasta el punto de que él mismo estaba asombrado y casi aterrado de su propia suerte, que le parecía lo más maravilloso que se había visto jamás—, el capitán se henchía de legítimo orgullo. Su experiencia le parecía inmensa y definitiva, mostrándole con toda claridad la lección sencilla de la vida. En la tierra, lo mismo que en el mar, sólo había para los hombres dos caminos que seguir: el de la rectitud y el de la infamia, la maldad y la deshonra. Pero el sentido común indica con toda claridad a un hombre honrado el camino recto del deber. El otro era el camino de los locos y de los insensatos, que sólo conduce a la pérdida del dinero, al descrédito, a la ruina y a la muerte. Por lo demás, aunque él había escogido desde el principio la senda del deber y de la virtud, no por eso se mostraba altivo ni duro con los desgraciados, ni siquiera con los pillos o los descarriados en su camino, mostrando para todas las debilidades humanas una noble y amplia tolerancia. Y como era un hombre inteligente y afortunado, le gustaba interesarse por la vida y la suerte de los otros, gozando en mezclarse incluso en la vida y en los asuntos de la gente de su tripulación. Era entrometido y oficioso hasta la exageración, aunque siempre con prudente tacto y noble modestia, gozándose en decir a cada momento que toda su sabiduría la había adquirido a fuerza de dolor y de trabajo. Y como siempre tenía a flor de labios el consejo prudente y desinteresado, la palabra consoladora, la solución humana y generosa para todos los problemas y todos los dolores, se le escuchaba en todas partes con una atención y un cariñoso respeto que aumentaban su autoridad. De este modo, el capitán Tom había navegado de isla en isla por todos aquellos mares, apareciendo de un modo imprevisto aquí o allá, alegre, ruidoso, repartiendo consejos y contando anécdotas, simpático y comunicativo, pronto a arreglar todos los asuntos no importa de quien fuesen, y siempre recibido en todas partes con los brazos abiertos.