Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Sólo desde que regresó a Sambir conoció el viejo lobo de mar la duda y algo así como la desgracia. La pérdida de su buque, el Relámpago, que una hermosa mañana encalló para siempre en un arrecife al norte del estrecho de Gaspar, le entristeció de un modo terrible; y las tristes y asombrosas noticias que recibió a su llegada a Sambir no eran precisamente las que podían aliviar sus pesares o calmar sus angustias. Ya hacía bastantes años que, empujado por su amor a las aventuras, Lingard había encontrado con no pocos trabajos la desembocadura de aquel río, donde, según los informes que le dio un marinero indígena, se estaba formando una nueva colonia de malayos. Es evidente que en aquel tiempo Lingard no pensaba sino en sus beneficios personales y en las ganancias que pudiera obtener de la colonia recién descubierta; pero, recibido cordialmente por el rajá Patalolo y por los indígenas, el lobo de mar no tardó en sentir un sincero cariño por el rajá y por su pueblo, ofreciéndoles sus consejos y su ayuda y soñando para aquel rincón del mundo —él, que no conocía la Arcadia— una felicidad arcádica. Se propuso, pues, hacer felices a aquellas pobres gentes, y lo consiguió durante muchos años, pues sus negocios con Sambir llevaron una gran prosperidad y una paz firme y sólida al joven Estado.