Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Contemplaba orgulloso su trabajo. Con el paso de los años, el capitán habÃa ido sintiendo un cariño creciente por aquel paÃs, por aquellas gentes, por aquel rÃo podÃa decirse que descubierto por él y en cuyas aguas hubiera querido que no flotase otro buque que su amado Relámpago. HabÃa explorado las márgenes del rÃo, encontrando extensas plantaciones de arroz que constituÃan una enorme riqueza. Llegó a conocer como nadie a todos los colonos establecidos en ambas orillas del rÃo, entre el mar y Sambir; conocÃa a sus mujeres, a sus hijos, a todos los individuos de diferentes razas que vivÃan en chozas asentadas sobre frágiles plataformas de caña, y que agitaban los brazos cariñosamente y le gritaban palabras amables cuando su buque remontaba el rÃo. Y por conocerlo todo, conocÃa perfectamente los rincones de aquellos bosques de árboles inmensos que flanqueaban las riberas por muchos sitios, donde el follaje parecÃa moverse con dulzura, como si murmurase una dulce y melancólica bienvenida al protector del paÃs.