Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Amaba profundamente todo aquello: los paisajes de oro brillante, bajo la cúpula de verdes esmeraldas y vivísimos zafiros que la luz del sol mentía por todas partes; el murmullo de los grandes árboles; el silbido de la brisa en las anchas hojas de las palmeras, que en las noches de luna parecían querer decirle todos los secretos de los bosques del interior de la isla; amaba los densos perfumes de la floresta, de los matorrales, de la tierra cenagosa y de las charcas olvidadas; el aliento de vida y de muerte que envolvía a veces a su buque en las cálidas noches tropicales; las ensenadas y las calas que formaba aquel brazo de mar, en muchas de las cuales nunca penetraba el sol por lo tupidas que eran sus riberas; las alegres tropas de monos que saltaban y chillaban en las ramas de los árboles, alborotando y como profanando la quietud majestuosa de los bosques; los enormes caimanes que dormitaban al sol con cómica indiferencia, como grandes piedras cubiertas de musgo; todo, todo lo de aquel país, animado e inanimado, lo amaba el capitán Lingard con noble, profunda y generosa ternura.