Un vagabundo de las islas

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II

Babalatchi cesó de hablar. Lingard se movió lentamente en su asiento. El indígena le había relatado a su manera los sucesos ocurridos en Sambir, mientras el marino se iba formando su composición de lugar.

—Bien —murmuró Lingard al fin, cuando el malayo guardó silencio—, sus gentes han hecho lo que usted me ha contado; pero pronto se arrepentirán, y usted lo sentirá por ellos. El mismo Abdulah hará que el gobernador holandés venga a Sambir y se apodere de la colonia.

Babalatchi señaló la puerta de la casa, y dijo:

—Usted sabe que todo eso son bosques, ¿verdad? Lakamba gobierna ahora el país. Y, sin embargo, tuan, ¿puede decirme si los grandes árboles de esos bosques conocen el nombre del gobernador? No. Esos árboles, esos campos admirables, nacen, viven y mueren sin saber nada, sin sentir nada tampoco. Son hijos del suelo, hijos de Dios.

—Sin embargo, un árbol muy grande puede caer bajo los golpes de un hacha muy pequeña. Y recuerde usted, amigo mío, que las hachas las hacen las manos de los hombres blancos. Usted comprenderá el sentido de mis palabras cuando haya izado la bandera holandesa sobre el tejado de estas casas.


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