Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¡Ah! No puede imaginárselo, pero es una muchacha feroz. ¡Es increÃble! Yo intenté matar el tiempo, hacer algo, tener algo en que pensar para no volverme loco en esta soledad, para olvidar mis penas y mis angustias, mientras usted volvÃa a Sambir. Y… ¡mÃrenos! Ella se apoderó de mi alma y de mi cuerpo, de todo lo que soy, como si yo no hubiese tenido voluntad, ni fuerza, ni deseo alguno fuera de ella. Ahora me avergüenzo de pensarlo. ¡Una salvaje! ¡Y yo, un hombre culto y civilizado, un europeo, estuve a merced de ella, que es todo instinto, como los animales de la selva! En fin, lo cierto es que descubrió algo extraño en mÃ, y a partir de ese momento estuve perdido. Me utilizó como a un fantoche para sus planes polÃticos y siniestros. Al principio intenté resistir, pero sucumbà al fin. Esto me horroriza y me hace sufrir más que nada, más que mis propios sufrimientos, a pesar de ser tan espantosos.
Lingard, asombrado y fascinado, escuchaba como un niño que oyera contar un cuento maravilloso; y cuando Willems se detuvo para lanzar un hondo suspiro, el marino no pudo evitar un golpecito en el suelo con uno de sus pies, señal que revelaba su impaciencia.
Entonces la voz casi amenazadora de Aissa se elevó en el triste silencio de la explanada:
—¿Qué dice? ¿Qué está diciendo?
Los dos hombres la miraron y luego se contemplaron mutuamente sin pestañear.