Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas El desdichado miró alrededor en medio de la oscuridad, como si buscase un apoyo, una ayuda. Aquel silencio, aquella soledad infinita que le rodeaba, le parecieron al pobre vagabundo las más crueles y duras manifestaciones de su miseria y de su triste condición. No podÃa contar con nadie en el mundo más que con él mismo, ¡y él podÃa tan poco, era tan poco, suponÃa tan poco! Sólo veÃa dentro de sà la imagen de aquella mujer.
Entonces tuvo un instante de lucidez, de esa lucidez que disfrutan en ciertos momentos hasta los más infelices y desgraciados, y sintió vergüenza y piedad de sà mismo.
El hombre ambicioso, el hombre que hasta entonces habÃa experimentado el orgullo de la lucha, del trabajo y del triunfo, habÃa encerrado su existencia en una sola idea, en un solo sueño, en un solo deseo: aquella mujer… Y aquella mujer era una indÃgena, una salvaje y, además, una…
En vano intentó decirse en seguida que aquello no tenÃa importancia. Al fin bajó la cabeza y quedó confundido, vencido, anonadado.