El corsario rojo

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Durante la primera media hora, el flujo de clientes se dirigía con fuerza hacia la bahía de su hospitalaria puerta, y no parecía abandonar la esperanza de verla continuar, incluso cuando normalmente esa marea comenzaba a amainar. Viendo por tanto que sus parroquianos le abandonaban uno tras otro para dedicarse a sus ocupaciones cotidianas, dejó el puesto que había tomado para servirles, y se puso a su puerta, con las manos en los bolsillos, como si hubiera encontrado un placer secreto en las voces alegres dadas por los nuevos habitantes que había en el pueblo. Un extranjero que no había entrado con los otros, y que por consiguiente no había tomado parte en las libaciones acostumbradas, estaba de pie a poca distancia, con una mano en el bolsillo de la chaqueta, y parecía principalmente ocupado en sus propias reflexiones. Este individuo atrajo la mirada perspicaz de nuestro posadero, que dedujo en seguida que un hombre que hubiera tenido recursos para los estímulos ordinarios de la mañana no podía tener una cara tan reflexiva a una hora en la que tan sólo habían empezado los trabajos de la jornada, y por consiguiente podía todavía ganar algo abriendo con él un camino directo de comunicación.





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