El corsario rojo

El corsario rojo

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—Es éste un buen aire para ahuyentar las nieblas de la noche, señor —dijo respirando con fuerza el aire realmente delicioso y tonificante de una hermosa mañana de octubre—. Es este aire purificante el que ha dado la fama a nuestra isla. ¿Es usted quizás extranjero?

—Recién llegado, señor.

—Marino, por su indumentaria y buscando un barco, sería capaz de jurarlo —prosiguió el posadero sonriendo—. Vemos llegar a este lugar a muchos con los mismos proyectos; pero como Newport es un pueblo floreciente, no es difícil imaginar que no hay más que preguntar por un barco para encontrarlo. ¿Ha probado ya suerte en la capital de la provincia de la bahía?

—Fue anteayer cuando abandoné Boston.

—¡Cómo!, ¿los orgullosos habitantes de ese pueblo no han podido encontrarle un barco? ¡Sí!, ellos hablan mucho, y no ocurre con frecuencia que escondan la candela en su chimenea… Hay aquí un hermoso bergantín que debe partir esta semana para cambiar los caballos por ron y azúcar; y éste es un barco que entró en el canal a lo más ayer por la tarde. Es un gran barco, y tiene camarotes dignos de un príncipe. Saldrá cuando cambie el viento, y me atrevería a decir que no es demasiado tarde por el momento para que un buen marino pueda pedir que se le dé trabajo en él.


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