El corsario rojo

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—Con el primer viento que se levante. Conozco toda la historia de ese barco, desde el mismo día en que se puso la primera pieza para construir la quilla. La rica heredera, la bonita hija del general Grayson, tiene que ir a Carolina a bordo de él; ella y su criada, su aya; creo que ya la he nombrado, una tal mistress Wyllys. Esperan el momento un poco más arriba, en casa de mistress De Lacey, viuda del contralmirante que lleva ese nombre, y hermana del general, por consiguiente tía de la joven, según mi cálculo.

El extranjero, que había permanecido indiferente durante la última parte de la conversación, pareció entonces dispuesto a poner el grado de interés conveniente al sexo y a la condición de la persona que hacía de sujeto principal en la conversación. Después de escuchar con atención hasta la última sílaba que dijo el posadero, le preguntó algo bruscamente:

—¿Y dice que la casa que está cerca de aquí, en la pendiente de esa colina, es la morada de mistress De Lacey?

—Si yo he dicho eso, es que no sé nada. Por las palabras «aquí más arriba», quiero decir a una media milla de distancia. Es una morada adecuada a una dama de su clase, y no una como las que hay por aquí alrededor. Se puede reconocer fácilmente por sus hermosas cortinas.


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