El corsario rojo
El corsario rojo Este muro rodeaba el jardín y los bosquecillos de una casa que reconoció como la de mistress De Lacey. Un pabellón campestre de verano, que unas semanas antes había estado casi sepultado por hojas y flores, construido a poca distancia del camino. Por su altura y posición, se veían desde él: al oeste el pueblo, el puerto y las islas de Massachusetts; al este, las islas de las Plantaciones de la Providencia, y al sur se veía una extensión sin límites del océano. Como ya había dejado atrás el follaje que le cubría, la vista podía penetrar sin dificultad en el interior, por entre los pilares rústicos que sostenían la pequeña cúpula. Wilder reconoció precisamente a las mismas personas que había oído el día anterior, cuando estaba con el Corsario en lo alto de las ruinas. La viuda del almirante y mistress Wyllys se encontraban más adelante, y hablaban como si fueran a ser oídas por alguien que, al igual que él, se encontrara en el camino; la vista aguda del joven marino pronto descubrió el rostro fresco y atrayente de Gertrudis, situada detrás de ellas. Su examen fue sin embargo interrumpido por una respuesta que dio el individuo al que no había visto todavía. Dirigió sus miradas hacia donde salía el sonido de la voz, vio entonces a un viejo vestido de verde, que, sentado sobre una piedra al borde del camino, parecía dar descanso a sus fatigados miembros, respondiendo a algunas preguntas que se le hacían desde el pabellón de verano. Su voz y su modo de expresarse eran pruebas suficientes para demostrar que era un viejo marino.