El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡Señor!, señora —decía él con voz un poco temblorosa—, nosotros, viejos lobos de mar, no nos divertimos nunca mirando el almanaque para ver de qué lado soplará el viento, antes de echarnos a la mar. Nos basta con que la orden de embarque haya sido dada, y que el capitán tenga permiso para ausentarse de su esposa.

—¡Ah!, ¡eso es precisamente lo que decía mi querido almirante! —dijo mistress De Lacey a la que le agradaba mucho, evidentemente, conversar con este viejo—; así, pues, mi valiente amigo, piensa que cuando un barco está preparado, debe largar velas, aunque sea el viento…

—Ahí llega otro marino muy a tiempo para darnos su consejo —dijo Gertrudis con apresuramiento, como si hubiera querido distraer la atención de su tía para impedir poner fin de una forma dogmática a una discusión que acababa de tener lugar entre ella y mistress Wyllys—. Quizás —añadió—, pueda servirnos de juez.

—Tienes razón —dijo la institutriz—. ¿Qué piensa usted del tiempo que hace hoy, señor? ¿Cree que sea conveniente largar velas?


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