El corsario rojo

El corsario rojo

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El joven marino desvió los ojos, muy a pesar suyo, pues los había tenido fijos hasta entonces exclusivamente en Gertrudis, para mirar a la que había hecho esta pregunta, y permanecieron sobre la dama tanto tiempo y con tanta atención que ella juzgó oportuno repetir la pregunta, creyendo que no había comprendido bien lo que le había dicho.

—Hay que confiar poco en el tiempo, señora —respondió al fin—. El que haya tardado mucho tiempo en descubrir esto, no puede decir que ha sacado mucho provecho de sus viajes por el mar.

Había algo tan dulce y tan amable en la voz de Wilder, que aunque fuese viril y sonora, sorprendió por igual a las tres damas.

Inclinando ligeramente la cabeza como queriendo dar a entender con ello que quería ser cortés, quizá por respeto hacia ella misma o por consideración hacia el que se dirigía, atendiendo a la extrema sencillez de su indumentaria, mistress De Lacey continuó la conversación.

—Estas señoras —dijo—, están a punto de embarcarse, en el barco que puede ver allá abajo, para Carolina, y discutimos para saber de qué lado es probable que sople el viento; pero para tal navío, creo que importa poco que el viento sea favorable o contrario.

—No pienso lo mismo, ya que de tal barco se puede esperar mucho, de cualquier lado que sople el viento.


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