El corsario rojo

El corsario rojo

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—Tiene fama de ser un excelente velero. ¡Y qué fama! Estamos seguros de que se la merece, pues ha venido desde Inglaterra a las colonias en siete semanas, que han resultado cortísimas. Pero los marinos, según creo, tienen sus ideas preferidas y sus precauciones, al igual que nosotros, pobres habitantes de tierra firme.

Excúseme, pues, si pregunto también a este buen veterano su opinión sobre este punto. ¿Qué piensa de ese barco, el conocido, ése cuyos mástiles de juanete están tan altos y cuyas gavias son tan notables?

Los labios de Wilder dejaron escapar una sonrisa que luchaba contra la seriedad de su fisonomía; pero guardó silencio. El viejo marinero se levantó y pareció examinar el barco como hombre que comprende perfectamente los términos técnicos de la viuda del contralmirante.

—El barco que está dentro del puerto —respondió después de terminar el reconocimiento—, ya que supongo que es al que la señora se refiere, es un barco al que los ojos de un marino gusta ver. Es un buen barco, y en el que se puede embarcar con toda seguridad, me atrevería a jurarlo. Y en cuanto a ser buen velero, es posible que no sea fascinador, sin embargo creo que navega bien, y si no es así es que ni conozco el mar ni a los que viven en ese elemento.


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